¿Cuáles son tus tareas principales en tu cargo actual?
Dirijo la fundación desde una convicción muy clara: el talento cambia vidas, pero cuando se articula bien, también puede cambiar sociedades. Mi trabajo no consiste solo en gestionar programas, sino en detectar posibilidades antes de que sean evidentes, crear oportunidades donde no siempre existen y construir puentes entre talento, instituciones y futuro.
Una parte fundamental de mi responsabilidad es identificar personas, instituciones, ideas y proyectos con verdadero potencial transformador, acompañarlos con criterio y generar ecosistemas donde puedan crecer. Trabajo en la intersección entre cultura, educación, ciencia, pensamiento y juventud, porque creo profundamente que los grandes desafíos contemporáneos no se resuelven desde compartimentos aislados.
Pero quizá lo más importante es que intento que cada iniciativa tenga sentido más allá de sí misma. No me interesa solo impulsar proyectos buenos; me interesa contribuir a una sociedad donde el acceso a desarrollar talento no sea un privilegio de unos pocos.
He aprendido que liderar una fundación hoy significa, sobre todo, hacer una pregunta constante: ¿cómo convertimos sensibilidad, excelencia y oportunidad en impacto real?
¿Cuál ha sido tu trayectoria profesional para llegar donde estas hoy y cuáles fueron los mayores desafíos que enfrentaste?
Mi trayectoria ha sido una combinación de visión, intuición, trabajo sostenido y una búsqueda constante de profundidad. Nunca he entendido mi carrera únicamente como ascenso profesional, sino como una construcción de sentido: cómo generar impacto real desde lugares donde a veces lo intangible (la cultura, el pensamiento, el talento) puede parecer menos urgente, cuando en realidad es esencial.
Uno de los mayores desafíos ha sido precisamente defender esa mirada. Apostar por el largo plazo en contextos muchas veces dominados por lo inmediato. Creer en el valor estructural de la cultura (entendida como herramienta de transformación y cohesión), de la educación o del pensamiento crítico, incluso cuando no siempre son las apuestas más obvias.
También ha habido un aprendizaje más personal: entender que liderar no significa tener siempre todas las respuestas, sino sostener preguntas importantes, tomar decisiones complejas y aprender a no traicionarte por encajar.
He vivido momentos en los que he tenido que construir legitimidad, abrir espacio y demostrar que sensibilidad y estrategia no son opuestas, sino una combinación poderosa. Y quizá ese ha sido uno de los aprendizajes más importantes: que el verdadero liderazgo no consiste solo en llegar, sino en ampliar lo posible para otros mientras llegas.
¿Cómo te mantienes inspirado y actualizado en un campo que está en constante evolución? ¿Cuáles son tus plataformas para informarte?
La inspiración, para mí, no viene solo de estar informada; viene de seguir estando intelectualmente despierta y no perder la ilusión, a pesar del contexto.
Vivimos en un momento de transformación radical (tecnológica, social, cultural) y creo que mantenerse actualizada exige mucho más que consumir información: exige criterio, curiosidad y capacidad de conexión. Leo, investigo, escucho y observo constantemente, pero sobre todo intento mirar donde aparentemente los mundos no se tocan: juventud y filosofía, inteligencia artificial y ética, cultura y empresa, arte e innovación.
Me interesan tanto los grandes informes y referentes internacionales como las conversaciones reales con jóvenes, creadores o emprendedores que están viviendo el cambio en primera persona. Muchas veces la mejor inspiración no surge de una tendencia consolidada, sino de una sensibilidad emergente.
También he aprendido que actualizarse no es correr detrás de todo, sino saber distinguir qué transforma de verdad. En un mundo saturado de estímulos, el criterio se ha convertido en una forma de liderazgo.
¿Qué habilidades o cualidades consideras que han sido fundamentales para tu éxito en el sector cultural?
Probablemente la más importante ha sido la capacidad de detectar talento y potencial, incluso cuando todavía no están completamente formulados. Ver más allá de lo evidente. Reconocer posibilidades. Apostar. Arriesgarse y defenderlo, eso sí siempre con datos y argumentos sólidos.
También ha sido esencial combinar visión estratégica con sensibilidad humana. Durante mucho tiempo se ha tendido a pensar que la cultura pertenece solo al ámbito de lo simbólico, pero yo creo que la cultura también puede y debe ser infraestructura social, pensamiento crítico y motor de futuro.
La escucha ha sido clave. Escuchar de verdad permite entender contextos, detectar necesidades y construir mejor. Y junto a eso, la capacidad de conectar personas, disciplinas e instituciones que, juntas, pueden multiplicar su impacto.
Pero si hay algo que considero fundamental, es no perder nunca profundidad. En un entorno que a veces premia la velocidad o la visibilidad, creo que sostener criterio, exigencia y propósito sigue siendo una ventaja diferencial.
¿Qué consejos le darías a alguien que está empezando su carrera en el mundo cultural?
Le diría que no entre pensando únicamente en encontrar su lugar, sino en cómo puede ampliar el lugar para otros.
El mundo cultural necesita pasión, pero también necesita excelencia, pensamiento crítico, profesionalización y una mirada capaz de dialogar con los desafíos reales de este tiempo. Ya no basta con amar la cultura; hay que entender cómo hacerla relevante, sostenible y conectada con el futuro.
Le recomendaría cultivar profundidad antes que prisa. Formarse de manera híbrida. Leer mucho. Entender tecnología. Desarrollar criterio. Aprender a gestionar, pero también a imaginar.
Y quizá algo muy importante: no confundir visibilidad con impacto. Algunas de las trayectorias más valiosas se construyen desde la consistencia, la credibilidad y la capacidad de generar valor real, aunque no siempre sean las más ruidosas.
También le diría que habrá momentos de duda, de puertas cerradas o de sensación de no encajar del todo. Pero precisamente ahí suele empezar una voz propia.
Porque al final, una carrera relevante en cultura no consiste solo en participar en el sistema, sino en contribuir a transformarlo. Y eso exige no solo talento, sino valentía.